Ante cualquier tipo de relación que establezcamos con los demás es básico encontrarnos en una situación de igualdad.
Las relaciones desiguales, ya sea por superioridad o inferioridad ante los demás, son relaciones viciadas ya desde sus inicios y que están destinadas al fracaso.
Las relaciones personales deben basarse en este fundamento: todos hemos nacido exactamente iguales, con los mismos derechos y los mismos deberes. Nadie es más que nadie y si alguno se siente mejor o peor que los demás estará dando a sus relaciones con los demás unos matices enfermizos.
Gay Hendriks en su libro “The ten second-miracle” afirma que hay tres posturas que toda persona siente la tentación de adoptar en sus relaciones con los demás, pero que debe evitar a toda costa: víctima, verdugo y salvador.
Adoptar el papel de víctima es tremendamente sencillo y es lo más común. Es al que rápidamente acudimos cuando nos sentimos defraudados por algo, cuando nos ha sucedido algo que no nos gusta. Nos sentimos “victimas de algo o de alguien”: del jefe, del mundo, del dolor de cabeza. Si mirás a tu alrededor verás que hay muchas personas que se perciben a sí mismas como las víctimas. Se consume mucha energía representando el papel de víctima y además el victimismo “crea adicción” y una vez que se prueba hay muchas probabilidades de volver a él. Para mantener este hábito hace falta rodearse de una serie de colegas de victimismo. Es peor si se consiguen muchas cosas con esta postura, o si tiene la función de librar de algo, o si se recibe más atención y tiempo.
Asumir que cada uno es dueño de su propia existencia, de su destino, de su vida puede ser duro al principio pero es la única manera de no caer en el victimismo de sentirnos desgraciados por culpa de algo externo: las circunstancias, la mala suerte o los demás.
La existencia de víctimas hace posible la existencia de la segunda postura que hay que evitar: la de verdugos. Al colocarse en posición de víctima se coloca a alguien o algo en la de verdugo automaticamente. Así se ha creado la desigualdad que será causa de conflictos.
El papel de vengador o de salvador es muy similar. El salvador es que hace muchas veces que el problema persista. Es cuando una persona se convierte en enfermero, ángel vengador o ángel guardián. El efecto es que se desposee a la víctima del poder del que se supone se quería fortalecer. Cada vez que se trata a alguien como víctima se retrasa su camino hacia responsabilizarse de sí mismo por completo. Ser excesivamente compasivos o condescendientes, puede producir que esa persona se siga refugiando en su papel de víctima y en su mala suerte y no le ayudemos a salir de esa situación.Consolar a los demás ante el dolor es bueno pero no hasta el punto de “reforzar su sensación de debilidad” y crear dependencias.
Podemos escoger y preferir relacionarnos con personas que acepten tratarnos como seres responsables en nuestra vida y que las tratemos a ellas del mismo modo.
Debemos asumir ser responsables de nosotros mismos, de nuestra existencia. Todo aquello que evite nuestra responsabilidad sobre nuestras propias vidas nos impedirá tomar las riendas de nuestro destino.
Para tomar el mando, el autor recomienda dar dos pasos importantes: hacer una declaración de la toma de poder de nuestra existencia y darlo a conocer a los demás: “Toma el teléfono y llama a tu mejor amigo y pídele que nunca más vuelva a pensar en ti como una víctima… Pídele que cuando se te olvide te diga: “despierta , tú estás al mando, si no te gusta el rumbo que están tomando las cosas, cámbialas”